Lo maté porque él me lo pidió. Me lo rogó. Me lo imploró. Con lágrimas me lo suplicó.
No podía negarme. Él estaba tan triste, tan nostálgico, tan interiormente apagado que no pude negarme.
Me encontré en uno de los oscuros pasillos del colegio. Vestía igual que siempre. Olía igual que siempre. Caminaba solitario igual que siempre. Sus únicos amigos seguían siendo una calculadora científica y una agemda electrónica. Igual que siempre.
Me llamó. Noté inmediatamente su tono amargo. Lo miré a los ojos y sonreí. No me miró y no sonrió. Continuó callado por cinco segundos. Luego habló.
“…Mi historia es solitaria. No tiene un sentido. Ni siquiera una dirección. Está perdida en la soledad de mis conocimientos. Está extraviada en la amplitud de mi habitación. Todos los intentos que hice por encontrarla fracazaron. No sirvió el sicólogo. No sirvió el computador ni la calculadora. No sirvió desquitarme con los cuadernos y el estudio. No sirvió buscar el amigo que nunca tuve. No sirvió hablar con mis padres porque nunca escucharon. No sirvió nada de todo lo que intenté. Sólo porque yo no quise que sirviera.
Esa es mi historia. Esa es mi desoladora historia.
Ya no encontré el camino. Ya no quiero buscarlo. Sólo quiero alejarme. Olvidar todo y comenzar denuevo.
Ahora necesito tiempo. Sólo un poco más de tiempo. Quiero intentar otra vez. Sé que puedo lograrlo…”
No lo pensé dos veces. Sus palabras no lograron perforar mi conciencia. Él ya me lo había pedido.
Tomé el cianuro y lo deposité entre sus manos. Me miró por primera vez a los ojos. Abrió el frasco y una de sus lágrimas cayó en el interior. Me miró nuevamente y después de mi señal introdujo toda su naríz en el recipiente.
Me marché del lugar, de la misma manera como había llegado.
No me arrepiento porque él está donde quería. Quizás más sólo que antes, pero alejado de la soledad.
FIN